

Pienso que cualquier artista debe cumplir dos funciones básicas. Por un lado, trabaja para crear espejos en los que la gente se vea reflejada. En palabras de William Burroughs, "La función del artista es evocar la experiencia del reconocimiento sorpresivo: es mostrarle al espectador lo que él sabe pero no sabe que lo sabe". Dicho de otra manera, el artista es un generador de identidad cultural, social y personal.
Por otra parte, el artista suele ver un poco más allá, tanto desde el pasado como hacia el futuro. Artesano de lo sensible, tiene que estar un poco desequilibrado, un poco fuera de órbita, un poco al borde del abismo. Inconformista con la realidad, popular a veces, impopular otras, se sirve de esa realidad para romper con ella, y propone faros que guíen el camino de las personas. En otras palabras, genera espíritu crítico, esperanza y futuro.
La materia prima fundamental siempre es la misma: los sentimientos. Las herramientas, variadas: un piano, una cámara, gestos, manos, un pincel, la palabra…
Nos encontramos en la apertura de un festival del cuento. Un encuentro de arte. Y el cuento es –básicamente- oralidad y tradición. La palabra tradición proviene del sustantivo latino traditio y éste a su vez del verbo tradere, "entregar". Qué hermosa raíz para comprender el significado profundo de lo que también se ha dado en llamar como patrimonio inmaterial. Los humanos, los pueblos, las sociedades, no somos otra cosa que protagonistas efímeros de un tiempo en un lugar. Ese tiempo, que fluye imparable como el río de Heráclito, y ese lugar que debiera cambiar sin dramatismos, conforman un escenario en el que se asienta el poso vital de nuestros antepasados y nos viene dado como un préstamo temporal y pasajero. Somos inquilinos -no dueños- de un territorio, de una cultura. Nuestro papel radica en recibir y a su vez entregar el legado que nos viene dado. Tal como decía el escritor Agustín Espinosa, una tierra sin tradición fuerte, sin atmósfera poética, sufre la amenaza de un difumino fatal. Tenemos la obligación de proporcionar a nuestros hijos no sólo pan y refugio... y Play Station, sino también alimentarlos de cuentos, de tradición, de atmósfera poética.
Por otra parte, la tradición no implica inmovilismo. La mecánica de la transmisión oral, de la identidad local, implica su enriquecimiento con aportaciones de cada generación. Alguien inventó alguna vez cualquiera de las tradiciones que compartimos, el conjunto de una comunidad las aceptó y las fue alimentando con sus propias aportaciones. La tradición es siempre contemporánea, aunque arrastra ese karma colectivo que nos hace sentir parte de una identidad concreta. Por seguir citando escritores, Vicente Alexandre destacó el potencial creador de la tradición, en su discurso de recepción del Premio Nobel, sentenciando la siguiente máxima: "Tradición y revolución. He ahí dos palabras idénticas".
La cuestión es cómo maridar el necesario cambio social, la creación paulatina y ese sentido de respeto y de avance en una sociedad demasiado cambiante. El filósofo francés René Guénon, que intentó trasladar los patrones de pensamiento orientales a una sociedad occidental que él consideraba anti-tradicional, nos recuerda que la modernidad mal entendida consigue que se pierda la tradición verdadera y solo persistan costumbres que no remiten a ninguna realidad trascendente.
Siempre escuché que había un arte “culto” y otro “popular”. Uno exquisito, cultivado por personas refinadas y otro más propio de viejos y gente poco instruida. No existe tal dicotomía. Personalmente, me gusta decir que hay una cultura escrita en papel, que se mantiene inalterada desde que se gesta, y otra que es oral, que va por el aire y se escribe en el viento. Y como el viento no tiene memoria, hay que escribirla y re-escribirla para que no se pierda por cualquier esquina de nuestro olvido. Pero no debiera contemplarse un abismo entre ambas. Diversas teorías sociológicas se encargan de debatir conceptos como relativismo, estratificación o legitimidad, para explicar las diferencias entre lo culto y lo popular. Más allá, o más acá, según se mire, todo es lo mismo: sentimientos rodando con el vehículo de la pintura, la música o la literatura. Si un cuento de los hermanos Grimm o una sonata de Beethoven han sobrevivido paralelamente al paso de los siglos, ambas deben tener algo en común, al margen de lo que las diferencia: son sentimientos.
Cuando me meto las manos en los bolsillos, saco casi ninguna certeza y algunas pocas intuiciones y creencias. Muchas las compartimos todos nosotros. Sigo creyendo que la poesía es un arma cargada de futuro. Creo firmemente en el tipo que busca naranjas en la mar, porque la esperanza lo mantiene. Creo en el lenguaje mineral de Manrique y en los pechos generosos de las orondas mujeres que pintó Guezala. Creo en la Capilla Sixtina y en la Cueva Pintada de Gáldar. Creo que escuchando atentamente a Mahler, a Valentina la de Sabinosa, a Polo Ortí y a una parranda de viejitos en Tetir, consigo ser mejor persona. Creo en la patria de Rimbaud y en la sombra del almendro de don Nicolás Estévanez. Creo en la voz de mi madre, contándome cuentos del Realejo y en la anti-poesía de Nicanor Parra. Creo en las Cantatas de Juan Sebastián Bach y en las malagueñas de Dacio Ferrera. Creo en la guitarra de Lenon y en el timple de José Antonio Ramos, en una canción de María Elena Walsh y en las seguidillas de Víctor Fernández Gopar. Creo que si se calla el cantor, calla la vida. Me gusta pensar que, con el poder de una canción, se pueden forjar caminos sobre el mar.
Imagino que la tradición canaria es como un drago: sólida, secular y sin complejos, porque no le importa lanzar sus raíces hacia el cielo. Creo que mi cultura es tradicional y moderna, real y surreal, sentida y compleja, sorprendente y germinal. Sé que es fantástica y que tiene el potencial para hacer que el mundo nos mire con respeto. El Baile del Vivo y el Canto de la Meda, El Tajaraste y los Ranchos de Ánimas, los romances seculares, los cuentos nuevos, las leyendas de siempre… Todo cobra carta de autenticidad en la voz y la palabra, que –como el Arrorró- logra instalarse por debajo de la piel, como la imagen de la mansedumbre profunda y atávica del sueño de los niños. Todo ello es de aquí, pero también es de todo el planeta. Local y universal. Porque los sentimientos no saben de barreras, de trapos de colores, de himnos ni de primas de riesgo. Los sentimientos y el arte (oral o escrito) son atemporales y ecuménicos. Son para todos y de todos. Como cantó Pedro Guerra, son del mundo desde aquí.
Estamos en el Festival del Cuento de Los Silos. Un encuentro que un buen amigo mío soñó hace 16 años. Después de soñarlo lo trabajó y lo compartió. Lo alimentó con la atmósfera poética de este y otros países y le dio de beber con la esencia que fluye de la fuente de la palabra. Hoy es una realidad hermosa y robusta, que promete quedarse por muchos años entre nosotros. Porque mi amigo Ernesto es así. Le gusta crear y recrear sueños que crecen y luego germinan en el viento. Ese viento que no tiene memoria, pero que es el mismo que se llevó la despedida hambrienta de cuando emigró mi padre. El mismo que hoy nos convoca para emocionarnos con identidad propia y semillas de futuro. Y porque la gente de Los Silos sabe que su pueblo no se difuminará fatalmente, mientras siga creyendo en la alquimia fundamental de los cuentos.
Y colorín colorado… Este festival del cuento ha comenzado.
Benito Cabrera