Una vez escuché a un erudito disertar sobre por qué creamos libros. Este especialista, cuyo nombre no recuerdo y que parecía infundir un respeto sacrosanto en el resto de comensales, diferenciaba dos tipos de literatos: los agradecidos y los resentidos. Unos escriben como escupiendo, a patada y puñetazo limpio, rasgándose las venas hasta empapar el folio de manchurrones de sangre. El otro bando, no menos visceral, más sensible a las bondades de la vida, escribe como un enamorado, exaltando el valor de su suerte, de la poca o mucha alegría que han gozado. Su literatura es la sublimación de un «Gracias» a la existencia. Y precisamente Silos de cuentos, la obra que motiva esta reseña, no es solo un homenaje a los 30 años de El Festival Internacional del Cuento de Los Silos, sino un apasionado agradecimiento de 30 escritores a su oficio: La Literatura.
Ernesto Rodríguez Abad, director del citado festival, persuadió a diferentes autores y antiguos invitados a su «fiesta de la palabra» para que le enviasen un texto (ya sea un poema, un relato o una reflexión) sobre el lenguaje, la importancia de las historias o la nostalgia que despierta el recuerdo de Los Silos. El resultado es esta antología de estilos y culturas dispares que coinciden en una convicción que les hermana: la necesidad vital de la imaginación y la palabra. Porque no sólo de realidades materiales vive el ser humano, sino de ficciones que otorguen a su vida un sentido que trascienda el existir prosaico, superficial, tan obsesionado con extraer de la naturaleza solo Utilidad y no Belleza, Poesía, Mitos o motivos de Amor.
«Manantial», «flor de aire», «urdimbre que teje», «semilla a merced del viento»o «pájaros de aliento» son metáforas que inspiran a estos autores para nombrar esa realidad ideal, tan precaria, que es el lenguaje humano. Pero sabemos que estas expresiones líricas no solo aluden a la literatura y sus palabras, sino a lo que acontece todos los años en Los Silos durante el puente de diciembre. La cíclica recreación de ese viejo ritual que consiste en escuchar al sabio, poeta o sacerdote de la tribu relatar las historias sobre el origen del universo, la eterna lucha entre el Bien y el Mal, la perdición del alma y su salvación, la muerte y la vejez, el amor y el dolor.
A lo largo de estas páginas, ilustradas por la vigorosa imaginación del artista Nareme Melián, nos acompañan unos dibujos, más bien ensoñaciones, protagonizadas por un niño. Un chiquillo que viaja por paisajes sólo concebibles en sueños. Algunos dirían que es un alter ego de Ernesto Rodríguez Abad. Y que el dibujante tinerfeño no solo ha pintado el paisaje, el color exacto que sugiere cada poema o relato, sino el interior de un hombre. O, siendo más precisos, el interior de todos los hombres y mujeres que con inocencia, con algo de libérrima imaginación infantil, juegan en Los Silos a inventar historias, a tomarlas en serio y a creer que en un cuento cabe la verdad, el consuelo, el inconmovible silencio de la vida.
La alianza entre la imagen y la palabra alcanza un resultado inteligente. Las ilustraciones no cometen la vulgaridad de ser una mera transcripción visual del texto, sino que expresan una evocación, una imagen que sugiere el poema, pero no el poema en sí. Y en esta actitud artística se revela una sensibilidad sutil, un lector capaz de adivinar la faz secreta del poema, parte del cuerpo tendido bajo el disfraz o velo de las palabras.
Todo es poesía en este libro. Sé que parece una frase insustancial y rimbombante típica de un crítico moderno. El clásico juicio exagerado que rebaja a toda valoración al nivel de eslogan publicitario o bostezo intelectual. Pero, desde las primeras ilustraciones del rostro soñador de un niño alumbrado por la pálida luz de la luna hasta la última imagen del astro, se está relatando con símbolos, metáforas, la historia del enamoramiento de un niño de la poesía.
No solo asistimos al viaje de ese pequeño soñador hecho de trazos, colores y papel, sino de esos niños camuflados en el cuerpo de escritores adultos y apegados a las palabras, a la ficciones, como a la dureza de los huesos, el tiempo o la piel. Estos treinta artistas son, en realidad, treinta niños que confiesan aquí su razón de existir, su vocación, destino o como quieran llamarlo. Por ejemplo, la autora brasileña Marina Colasanti describe a una curiosa mujer asomada siempre a una ventana, sin dormir, insomne, a la espera de que suceda algo en su tediosa calle. ¿Acaso no encierra esa imagen una metáfora de la vida de los niños, de los escritores, de todos lo que sueñan con lo extraordinario?…
Hasta la lectura de esta obra fantástica no había reparado en el significado del logo del Festival Internacional del Cuento de Los Silos: La luna. Fue necesario contemplar este sofisticado diálogo entre ilustraciones y textos para comprender el dibujo final del satélite, derramando, solo, distante, mudo, un leve resplandor blanco en los embelesados ojos de un niño tendido en una tierra azul.
Ese destello en la oscuridad es la palabra, la literatura.
Y este libro: el reflejo inmóvil de la luna en una miríada de ojos como encendidos por un esquivo y alucinado brillo, que algunos llamarían, sin dudarlo, amor.
Alexis Rodríguez




