Las palabras, que son otra forma de viento,
que vienen y van, que flotan y emergen. 
Las palabras, que solas no logran nada, 
se reivindican con el sentimiento. 
Las palabras, que siembran tormentas en mi corazón, 
germinan dudas en mi pensamiento, 
se meten cual arpón en el alma, 
bombardean los sentidos
y estallan…

(Poema canción de Rubén Darío Mejía)

Porque la selva amazónica está en riesgo y la arrasan por igual el fuego y la indiferencia. Porque en las fronteras del mundo siguen creciendo los muros y las barreras para los más vulnerables. Porque millones de niños y niñas viven hoy el terror de la guerra y el abandono. Porque a esta hora, en algún rincón del mundo, alguien llora detrás de una puerta junto a su soledad y sus miedos. Porque existen mil y una historias dolorosas por conjurar, por exorcizar, por sanar, urge convertir las palabras en puentes, en bálsamo, en lumbre y cobijo. Se requieren palabras e historias que lanzadas al viento nos devuelvan la lucidez y la fuerza para seguir alimentando sueños y transformarlos en realidad; relatos que preserven la memoria y con ella nuestro sentido de lo humano.

En este mundo hiperconectado y caótico, donde imperan las palabras frívolas, vacías, es innegable el alcance que puede tener el lenguaje de las artes. Ya conocemos la contundencia de los poetas para revelarnos el misterio de la vida; la fuerza de los actores en escena convertidos en espejo de la contradictoria condición humana; la forma en la que artistas plásticos, bailarines, músicos y cineastas nos acercan a la belleza, y también reconocemos el valioso quehacer de los narradores orales, los magos y magas de las palabras, quienes con solo pronunciar la frase «había una vez…» dibujan mundos posibles, siembran sonrisas, dan lustre a la memoria y, sin pretenderlo, contribuyen a la consolidación de procesos de cohesión del tejido social.

A propósito de la XXIX edición de Festival Internacional del Cuento de Los Silos, certamen cultural donde las palabras reinan y han configurado proyectos  formativos, comunitarios y artísticos de gran valor, les relataré una breve historia.

Las palabras solas no logran nada… 

En Barranquilla, una pequeña ciudad del Caribe colombiano, un grupo de artistas escénicos decidió hace 26 años abrir un espacio para celebrar las palabras. Corría el año 1998, y ya se sentía el impacto avasallante de las nuevas tecnologías y los cambios en las formas de relacionamiento de los seres humanos. Las conversaciones en las terrazas y esquinas, los cuentos de velorios, las canciones de cuna, los piropos, las décimas, los refranes, las variadas formas en que la tradición oral configura las raíces de la identidad de un pueblo, estaban en riesgo; empezaban a primar las pantallas. En ese contexto surgió «El Caribe cuenta», inicialmente como un festival regional con dos propósitos fundamentales: preservar la costumbre de contar cuentos de viva voz, y lograr que el placer de escuchar historias se extendiera a nuevos públicos.  

Sorteando las incertidumbres que suelen acompañar iniciativas culturales independientes, pronto «El Caribe cuenta» se convirtió en un festival internacional, y a los objetivos iniciales agregó otros, tales como abrir espacios de formación, estimular en las nuevas generaciones el interés por la narración oral como oficio, y realizar cada año la publicación de un libro-memoria. 

En 27 años consecutivos, más de 350 narradores y narradoras han acercado a miles de niños, jóvenes y adultos del Caribe colombiano a relatos de distintas culturas, han podidos reír, reír, reír a borbotones, y también llorar, reflexionar y acercarse a otros mundos. Conocieron, por Ana Griot, las voces de las mujeres que históricamente han sido silenciadas; por Kiko Cadaval y Cándido Pazó, la gracia y sensibilidad de las gentes de Galicia; por Ernesto Rodríguez Abad, la poesía que habita en los relatos y la hermandad que existe entre las gentes que nacen frente al mar. Los cuentos de Boni Ofogo evidenciaron el inmenso legado oral de África; los de Mohamed Hammú, la sabiduría de los pueblos bereber; los relatos de Aldo Méndez mostraron la valentía de narrar desde el corazón; los de Sergio Martínez, la importancia de atesorar las memorias de la casa y el barrio; los de Romer Pena, la posibilidad de volar que nos brindan las palabras; los de Kamel Zouawi, lo que significan el aroma de la nostalgia o el sueño del retorno para los migrantes.  

La rica tradición oral de América Latina, así como relatos urbanos, contemporáneos, provenientes de la literatura, poblaron la imaginación de cientos de personas en «El  Caribe cuenta», gracias a Laura Casillas, Marconio, Juan Madrigal, Ana Coralia Fernández, Carlos Genovese, Moisés Mendelewicz, Mayra Navarro, Elvia Pérez, Gricelda Rinaldi, Flora Ovalles, Roberto Espinal, Pedro Mario López, y muchísimos otros narradoras y narradores latinoamericanos, a quienes los caracteriza la musicalidad de sus palabras, la forma en que sus relatos invitan a jugar, a descubrir a través de los cuentos las raíces ancestrales que nos unen, y también la triste historia económica, política y social que compartimos. 

Y, por supuesto, «El Caribe cuenta» también ha sido sonrisa, abrazo y puerto de llegada para centenares de narradores y narradoras de Colombia. En parques, plazas, escuelas y distintos escenarios de la región Caribe, se han escuchado los vibrantes relatos de Carolina Rueda, Iván Torres, Alberto Borja, Dora Malo, Hanna Cuenca, Pacho Centeno, Jota Villaza, Primo Rojas, Carmelo Portacio, Diana Flórez y Reynaldo Ruiz, entre otros. Todos ellos han hecho de la narración oral un noble oficio; sus relatos tienen la huella de tres vertientes culturales: lo indígena, lo africano y lo hispánico, con toda la diversidad y las contradicciones que ello implica. Los relatos de algunos de los cuenteros colombianos tienen la capacidad de delinear entre risas y carcajadas, o entre lágrimas y miedo, lo que ha significado para muchos ciudadanos vivir en la periferia, sin privilegios y en ambientes hostiles. Sus palabras, aunque dolorosas, han sido necesarias. 

Las palabras se meten cual arpón en el alma… 

En Colombia, un país que ha sufrido por más de 60 años los estragos de un conflicto armado interno, el ejercicio de narrar lo vivido ha sido esencial para tramitar el dolor de millones de víctimas y evitar que el olvido deje en la impunidad los terribles actos de los homicidas. En esa labor de contar fueron clave, en primera instancia, las voces de los hombres y mujeres que sobrevivieron a la violencia entre los años 1930 y 1966; con sus palabras dibujaron el perfil exacto del terror, pero también relataron historias acerca de la imbatible fuerza de la vida surgiendo entre los escombros.

Una historia emblemática, que nos enorgullece y muestra la potencia de las palabras, es la que cuenta que, gracias a los relatos de la violencia evocados por su abuelo, y también a los cuentos que escuchó a los indígenas wayuú que habitaron su infancia, el colombiano Gabriel García Márquez, Premio Nobel de Literatura en 1982, escribió su extraordinaria obra Cien años de soledad. Esta novela sobre el poder, las guerras y la finitud de la vida, así como las múltiples crónicas y cuentos que García Márquez publicó en su larga trayectoria, han nutrido el repertorio de narradores y narradoras orales en el mundo, con lo cual miles de personas –en particular niños y jóvenes– han tenido un primer acercamiento al realismo mágico, pero también una primera mirada poética a la dolorosa realidad que viven los pueblos condenados a la soledad y el abandono. 

Hay muchos otros relatos, no mediatizados, pero igualmente valiosos, que muestran el poder de las palabras, y de contar lo vivido para superar hechos violentos. Iván Torres, politólogo y narrador oral bogotano, ha desarrollado una metodología de talleres con jóvenes infractores, o que hicieron parte de grupos armados en épocas más recientes, es decir entre 1998 y 2012, para trabajar procesos de reconciliación y búsqueda de sentido a la vida mediados por la palabra contada. También ha sido clave el ejercicio que la Asociación Mamaroja Company, junto con la Fundación Luneta 50 de Barranquilla y «El Caribe cuenta», han realizado en el Archipiélago de San Andrés, Providencia y Santa Catalina, para lograr que la conjunción de literatura y oralidad abra caminos a las voces raizales, históricamente marginadas. Mediante talleres, presentaciones de cuenteros, publicaciones de libros y la ejecución de la FILSAI, Feria Insular del Libro de San Andrés, desde hace 6 años, al llegar el mes de septiembre, un horizonte de esperanzas se despliega frente a una comunidad de niños, niñas y jóvenes afro, víctimas de una violencia silenciosa, opacada por la belleza de un paisaje de ensueño que atrae a los turistas como moscas. 

Así, en Colombia y en el mundo existen procesos en los que las palabras, y las historias contadas de viva voz, están en permanente movimiento, gracias a la labor de maestras, bibliotecarios, promotores de lectura, de los cuenteros y cuenteras, y por supuesto, de los festivales de oralidad que subsisten en distintos rincones del mundo. 

El trabajo desarrollado por el Festival Internacional del Cuento de Los Silos es un caso excepcional, inspirador. Celebrar esta nueva edición en Los Silos es corroborar la validez de los espacios de encuentro, afecto y solidaridad entre los seres humanos. Es encender una luz en medio del caos. Es celebrar el verdadero sentido de las palabras: la vida.