Això era i no era una mañana en la que los árboles se desperezan y retuercen sus raíces bajo las aceras. Las ramas se estiran hacia lo alto, sus hojas verdes cimbrean a merced del viento y los plátanos de sombra juegan a hacerles cosquillas a las nubes. El cielo se precipita en el Parc de les Aigües y corre calle abajo, por el carrer Lepant, hacia la Sagrada Familia. Los árboles se sacuden y la contemplan: imponente y vertical. Las gotas se zambullen en los charcos de los alcorques. Salpican, mojan, se resbalan por las nervaduras, acarician los troncos, amamantan a la tierra. Los turistas se refugian bajo plásticos. Limpian obstinadamente sus objetivos, corren cariacontecidos al resguardo de los soportales modernistas. Ignoran la danza de los árboles, más sabios y más antiguos que el ladrillo y el cemento. Cada lágrima recorta el dominio de la sequía. Nada hay tan urgente como un árbol que sacia su sed. 

¿Es esto un microrrelato o la crónica de un día de lluvia? La tradición oral mallorquina, a diferencia de la continental, daba comienzo a sus cuentos de hadas con una advertencia: això era i no era. Mientras que la fórmula canónica del «érase una vez» nos ponía en situación sin paliativos, la literatura insular desdibujaba la frontera entre la ficción y la realidad, entre la verdad y la mentira. ¿Pero en qué se parecen una fábula y una noticia? Y, en un sentido más amplio, ¿qué tienen en común el relato ficcional y el discurso fáctico?

Dios ha muerto: el mundo ha devenido fábula. Las palabras de Nietzsche sacuden los cimientos de lo que hasta ahora se entendía por verdad. Desde Platón hasta Descartes, la gran obsesión de los filósofos fue hallar un «orden de verdad» capaz de dar sentido a nuestro paso por el mundo. Heidegger, sin embargo, constató que para poder hablar de la existencia humana antes era necesario combatir el olvido de sí. Su ontología se funda en la hermenéutica de la facticidad, en la esencia finita de los mortales, anclada en nuestra inextricable pertenencia a un tiempo y un lenguaje. Somos, en el sentido más literal posible, personajes históricos, palabras hechas de tiempo. 

Desde mediados del siglo XX, la escuela hermenéutica ha sabido preservar el legado del proyecto de superación de la metafísica. Mientras que la filosofía analítica y las esferas tecnocientíficas mantienen vivas las pugnas por el control y la dominación de la verdad, la hermenéutica asume el auténtico destino de la posmodernidad. La muerte de Dios simboliza el fin de toda autoridad suprema, de todos los sistemas de valores que estaban por encima de la humanidad misma. Sobre los pilares del nihilismo activo, el recientemente fallecido Gianni Vattimo abogó por un «pensamiento débil» frente a las férreas estructuras de violencia que imponen las democracias emplazadas del capitalismo. El pensamiento débil es el pensamiento de los débiles, de los marginados, de los exiliados, de los arrumbados en el rincón de la periferia. Es, también, la esperanza de los migrantes, de las mujeres, de los niños y niñas, de los maricas, de los locos, de los disidentes y de los pobres. Se trata, en pocas palabras, de la reivindicación de la mayoría social frente a la minoría oligárquica. 

Este debilitamiento de los principios positivistas es un antídoto contra las aspiraciones totalitarias, pero también contra la tecnocracia y el cientifismo. Siguiendo la vena anárquica que Vattimo y Zabala abrieron en Comunismo hermenéutico, la noción de realidad conoce un nuevo horizonte de comprensión. Así pues, la verdad que requieren nuestros turbulentos tiempos se caracteriza por su naturaleza interpretativa. Frente a los opiáceos que receta la política neoliberal, la hermenéutica comprometida propugna un «desorden de verdad» en el que la conversación y la amistad civil desempeñan un papel preponderante. De esta forma, el carácter histórico y lingüístico de la verdad se sobrepone a los modelos rígidos e impositivos del pensamiento realista, a la adaequatio rei et intellectus y la falacia de la objetividad.

Julio Cortázar solía contar que si se consagró a la literatura fue porque necesitaba habitar una realidad más flexible que la descrita por el físico o el matemático. Para Vicente Huidobro, «un poema es una cosa que nunca es, pero que debiera ser». No son pocos los escritores, especialmente los de mayor sensibilidad poética, que se inscriben en esta lucha encarnizada con los límites de lo real. El permanente deseo de que las cosas sean de otra manera no solo es revolucionario desde el punto de vista político, sino que hunde sus raíces en la alianza de la ética y la estética. 

En el programa de pensamiento de Paul Ricoeur, los lazos que unen la historiografía y la literatura ocupan un espacio excepcional. Mientras que en el mundo anglosajón es muy clara la diferencia entre los conceptos de la historia que cuentan los historiadores (history)y la historia que cuentan los literatos (story), las lenguas romances juegan con la ambivalencia de un término polisémico. Pero la ambigüedad no implica, en este caso, vaguedad. Más bien lo contrario: es jauja y vergel, origen de todas las potencialidades de la poesía. 

La paradoja es la siguiente. Por una parte, todos los relatos humanos recurren a lo que Aristóteles denominaba mimesis. A menudo se ha confundido este principio con la mera imitación. Sin embargo, la mímesis de la que se nos habla en la Poética se basa en la redescripción del mundo por medio de la interpretación y del lenguaje. Por otro lado, no existe un discurso tan ficticio para que no se conecte con la realidad de alguna manera. Mientras que los textos fácticos mantienen una relación directa con los hechos verificables, los textos narrativos y poéticos suspenden esta referencia extralingüística de primer orden para dirigirse a nuestro horizonte existencial, a nuestro ser-ahí. 

Tal vez Ricoeur no dinamita la frontera entre discurso fáctico y relato ficcional, pero sí la atenúa lo suficiente como para invitarnos a soñar hibridaciones genéricas de lo más interesantes. Las memorias, la autoficción, la biografía, los diarios, el epistolario y el periodismo poético ya se nutren de esta fusión. En definitiva, una nueva dimensión de la verdad emerge, de carácter metafórico y tropológico, que carga consigo todos los obstáculos y ventajas de la estética. A pesar de la disparidad moral y pragmática de su vocación, la verdad literaria y la verdad periodística no se encuentran tan alejadas una de otra: ambas se construyen y difunden narrativamente. Ante tal convicción, el compromiso ético –fundado en el amor, la humildad y la honestidad– se revela hoy más importante que nunca en cualquiera de los oficios de la escritura. 

Porque la verdad es solo eso. Un cuento que contamos y nos contamos. Això era i no era…