María me cuenta los últimos tiktoks que ha visto y me río, en realidad, por cómo los narra ella. No compartimos el mismo entretenimiento social, pero conozco los códigos y hago el esfuerzo por seguir con atención lo que me dice, pues, para ella, resulta desde hace meses su atlas de continua referencia. Luego, recuerdo las palabras de mis tías. Mujeres mayores, entre los 65 y 70 años, venidas del interior de la isla a ganarse el pan a la urbe, y en sus risas todavía encuentro el lirismo del lenguaje. Decía Carmen que la pena que la acongojaba «hacía que el alma se me rompiera» o Pino retaba a los elementos en una encrucijada que debía acometer, «le dije todo como un embate del mar», y anoté esas frases en un rincón de mi mente para atesorar esas joyas que había dado la cotidianidad.
¿En qué medida el diálogo y monólogo diario se nutre de figuras retóricas para embellecerlo? ¿Acaso el deseo latente de un intercambio pragmático, conciso y claro, cuasi efectivo como mera transacción, está afeando nuestra conversación? ¿Cómo mantendremos los versos del pasado? Rememoro las anécdotas de los mayores, las chanzas y algún que otro dicho malicioso y, en mitad de la noche, cómo mi abuela Siona aprovechaba los minutos antes del silencio para que repitiera con ella algunas oraciones:
Vamos niños al sagrario
que Jesús llorando está,
y viendo tantos niños,
¡qué contento se pondrá!
Otra muy recurrida era la de las cuatro esquinitas:
Cuatro esquinitas tiene mi cama,
cuatro angelitos que me acompañan,
con Dios me acuesto,
con Dios me levanto,
con la Virgen María
y el Espíritu Santo.
Angelito Cirilo,
angelito Gandola,
angelito Pérez
y angelito el nuestro.
Aunque mi hermana, con memoria mejor conservada, contradice en este punto referido a los ángeles a mi madre, que también los aprendió siendo una niña, cuando les pregunto por esta parte final. Por tanto, hay un enjambre de angelitos entrada la noche, y esta es la segunda versión:
Angelito el nuestro,
angelito el del Lomo
angelito Cirilo
y angelito el de don Pantaleón.
Faltaron los cuentos, de los que había una recopilación de mil y uno en un libro de tapa dura de los hermanos Grimm, aunque hubo hueco para los de Pepa. Pero, en estas que indago sobre otros autores que han recabado las raíces del folclore isleño y observo que hay muchos tomos de Maximiano Trapero descatalogados, hay ediciones hechas por los cabildos colgadas de aquella manera en internet –ya decía Alexis Ravelo que la mejor manera de desaparecer editorialmente era de la mano de una pública– y hay pocas formas de rescatar un patrimonio que, por inmaterial, ya es irrecuperable.
¿Cómo pervivirá el cuento popular, el romance, los chistes y los acertijos en la Canarias de nuestro tiempo? El reciente fallecimiento de Manolo Vieira, más allá de su faceta como humorista y de personaje del espectáculo, ha puesto punto y final a una manera de contar el relato en el que el ritmo lento y pausado era parte de la escenificación de historias que quedarán en el imaginario de tantas generaciones que lo oyeron tanto en sus discos como en cada gala de fin de año. No es baladí su figura, al igual que tampoco lo es la desaparición de vecinas como María del Socorro García Quintana, Socorrillo, a quien referencia el investigador Andrés Caballero en uno de sus estudios. Y queda como último bastión la implicación de organizaciones que velan por el mantenimiento de la reunión colectiva para favorecer el relato oral, ya sean entes como la Biblioteca Pública de Las Palmas, asociaciones de vecinos que toman el testigo de los ranchos de ánimas, la profusa actividad del verseador Yeray Rodríguez, pequeñas secciones como Cuentos de vieja, de Radio Nacional de España, o este propio Festival del Cuento de Los Silos.
Si el apresuramiento hasta el día de hoy ha sido recopilar los testimonios de quienes han mantenido en vilo la tradición oral, ¿ahora cuál es nuestra labor como sus conservadores? El formato transmedia parece dar una oportunidad a la tradición oral y proporcionar nuevas vías de innovación. Este tipo de metodología se basa por expandir los recursos en cuanto más canales, mejor, tanto en el medio online como offline. Un ejemplo lo ofrecen las investigadoras García y Bravo analizando la era post paréntesis de Gutenberg, donde la creación y lectura literaria digital se aleja de los tópicos burgueses y recrea esa atmósfera desordenada, caótica, inestable de la memoria tradicional, en la que cada individuo aporta su propia visión a la historia que desea expandir hacia los confines con reinterpretaciones de las creaciones originales. Las sagas actuales beben todavía de los mitos clásicos, entonces, ¿por qué no habría de modernizarse el imaginario canario? El estímulo que supone para la imaginación idear nuevos mundos en el que, véase, el cuento La flor del Oroval dé pie a creaciones hechas en comunidad puede ayudar a hacer pervivir este patrimonio oral. Ya sea mediante relatos híbridos, podcasts, plataformas webs que incentiven el diálogo o los encuentros presenciales, hay un sinfín de posibilidades aún por explorar.
Breve bibliografía:
- García Rivera, G., & Bravo Gaviro, A. (2019). Narrativa transmedia y textos tradicionales para la educación literaria. Contextos Educativos. Revista De Educación, (23), 161–178. https://doi.org/10.18172/con.3388
- Monroy Caballero, A. (2019). Literatura de tradición oral en La Higuerilla de Tejeda, Islas Canarias. Boletín De Literatura Oral, 9, 291–320. Recuperado a partir de https://revistaselectronicas.ujaen.es/index.php/blo/article/view/4448
- Monroy Caballero, A. (2017). Literatura de tradición oral en Canarias: pervivencia actual, 751–767. Recuperado a partir de https://revistaselectronicas.ujaen.es/index.php/blo/article/view/3395
- Monroy Caballero, A. (2010). La tradición del cuento popular en Canarias. Revista Garoza, 10. Recuperado a partir de: https://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=3355326
