«¿Quién, si yo gritara, me oiría entre los órdenes angélicos?»… Aún recuerdo la conmoción, la fiebre, que causó esta inquietante pregunta en mi insaciable espíritu de lector fascinado por la hondura de los clásicos de la literatura alemana. Sé que releí como un maníaco ese grito, esa plegaria, de Rilke hasta convertir sus palabras en una especie de oración pagana, mi íntimo padrenuestro. Hasta en mis horas muertas fantaseaba con la existencia de una isla, un planeta o un universo de naturaleza inmaculada –incognoscible para el ojo humano– en el que solo residían ángeles que nos enviaban esperanza, valentía o confianza para soportar las adversidades de la vida en la tierra.

Me cautivaba aquella idea ancestral de un ser bondadoso, puro e inocente que compadece y protege a cada ser. Cada hombre, mujer, niño, mosca, leopardo, hongo, piedra o flor debía contar con su ángel de la guarda, a pesar de que la experiencia cotidiana induce a pensar que hay personas signadas por la mala suerte y la ausencia de un ángel velando a sus espaldas.

Me temo que es doloroso aferrarse a la creencia de una naturaleza indiferente a nuestro sufrimiento mortal, a un cielo abandonado por toda la estirpe de divinidades y animales míticos que ha invocado la imaginación humana. Pero así vivimos todos hoy. Nos creemos solos en este tedioso y predecible universo mecanicista. Decimos que esta esfera azul, rodando en la silenciosa infinidad del espacio cósmico, solo fue concebida para originar compulsivamente criaturas que nacen para alimentarse devorando a otras criaturas, perpetuar los ejemplares de su especie, enfermar y morir… Diríase que somos prisioneros de la autofagia de la naturaleza, de su imperturbable y masoquista afán de autodestrucción. 

Hoy el sentido de vivir es aceptar, con ayuda de manuales de estoicismo, cínica amargura y sesiones de psicoterapia, la ausencia de sentido, el mutismo de las estrellas, la sepultura de los ángeles… 

Ladillo: La fauna de los sueños

Pero, a pesar de este viraje hacia esta cosmovisión más prosaica del universo, el ser humano sigue acostándose cada noche y soñando con arañas del tamaño de elefantes, horripilantes bestias que te escupen vómito en la cara y luego ríen histéricas mostrando sus apestosas encías desdentadas, dragones que incendian las paredes de tu casa o unicornios que te ciegan con su belleza blanca.

Los animales fantásticos renacen en nuestra vida nocturna, al cerrar los ojos, al hundirnos en esa inconsciente región del sueño en la que sufrimos una alteración de la habitual estética del mundo. Por unas siete u ocho horas habitamos lugares imaginarios en los que se transgreden las leyes de la física, la química o la biología. Es posible saltar de un acantilado y sobrevolar el mar, respirar bajo el agua con tu nuevo cuerpo recubierto de escamas de tritón o desgarrarte la piel, desollarte, y descubrir que tu pecho siempre fue un nido de pájaros. 

El sueño revela el lenguaje del inconsciente, de la invisible alma oculta en las apariencias de la naturaleza. A través de símbolos o arquetipos representan los diferentes estados anímicos que componen el alma del mundo, su psique. Por ejemplo, los demonios expresan la vertiente sombría de la realidad y los ángeles son esos pacíficos niños que irrumpen, en todas las épocas y latitudes, para mostrarnos, en sueños o en el arte, un luminoso refugio en el que encontrar el ansiado amor… Porque el arte es otra forma de soñar y de revelar todo el contenido profundo del alma, de la vida. «Leer es soñar de la mano de otro», escribió Fernando Pessoa en su Libro del desasosiego con la posible intención de describir a la literatura como otra cara del sueño. 

Los seres mitológicos, como el ave fénix o las sirenas, revelan gracias al arte y a los sueños una realidad oculta, velada. El hecho de no divisar la cola de una sirena en mis horas de vigilia no significa que esta no exista. Quizás no existe en el mundo exterior tal y como las describe con cierta pomposidad la literatura fantástica, pero no hay que obviar que el sueño es parte de la realidad, nos afecta. Además, los atractivos de la sirena que nos seduce en sueños pueden encontrarse durante la vigilia en la belleza de un paisaje, la mirada de una persona o el hipnótico murmullo del mar. La sirena es el símbolo de todo aquello que vence nuestras resistencias, nos debilita y nos empuja hacia sus brazos como una fatalidad. 

Ladillo: La cara de los ángeles (Una confesión)

Debo reconocer que nunca he visto a ningún ángel. Creo que nunca conoceré a esa especie que vive tan escondida allá arriba y mira que he observado, como con ojitos de recién enamorado, a las estrellas, las nubes y el azul del cielo más de lo habitual. Yo quise ser astrónomo, consagrar toda mi vida adulta al estudio de lo que habita más allá de nuestro cielo, descubrir otros nuevos, compuestos de otra materia, otras formas, otras paletas de colores que mi limitada fantasía no alcanzará nunca a imaginar… Pero abandoné ese sueño de pasar mi existencia entera encerrado en un aburrido astrofísico, alejado del mundo, solo, taciturno y trasnochando en la cima de una colina.  

Pasado un tiempo preferí los saberes de la piscología, ahondar en las íntimas razones de nuestros actos, deseos, sueños, fantasías… Y, por azares de la vida, encontré en el arte al mejor instrumento para profundizar en el interior de nuestra alma. Así que comencé a escribir, a transcribir la locura de mis sueños, a anotar mis ansiedades en un diario de tópicas preocupaciones de adolescente: cambiar el mundo, dejar una huella, ser libre, llevar siempre la contraria, quejarme de la educación, los padres, el capitalismo, el conformismo, la enajenación… 

Y llegó el día que supe que no cambiaría este mundo, que vi enfermar de cáncer y morir a los veinte años a un compañero de clase, que escuché confesar a un amigo que quería morir, que vi olvidarse a abuelo del nombre de abuela, que vi desesperar a una amiga que se creía revolucionaria y descubrió avergonzada que su rebeldía era un pose, que vi insultarse y desearse la muerte a dos enamorados, que oí suspirar a alguien que nunca suspiraba, que vi a un familiar aguantar las lágrimas tras enviar otro currículum más y oír eso de que ya estás muy viejo, que ya no sirves, estás muerto, y vi ayer y vi antes de ayer y vi hoy la impiedad en los informativos de Antena Tres, en La Laguna, Las Palmas, Madrid, Instagram, cualquier calle, cualquier plaza, en unos diarios anónimos e inéditos, en un mensaje de WhatsApp, … 

Toda la crueldad extendiéndose como un tumor inextirpable, como una obsesión restregando su hedionda pus contra la retina de unos hermosos ojos pardos… Unos ojos que un día pertenecieron a un niño que ya no está, solo en un álbum de fotografías, en la caligrafía de un cuaderno, en las hendiduras de esos juguetes rotos y atrabancados en un trastero polvoriento apestando a olvido, infancia, inutilidad, muerte…

Ladillo: La pregunta 

¿Acaso alguien escuchó el sufrimiento de mi amigo que le costaba horrores tragar ese aire que le quemaba, le cortaba, la rugosa piel de sus pulmones de veintitantos años?… ¿algún ángel le socorrió?…

¿Cualquiera al vivir una desgracia proferirá un angustioso grito como el del poeta Rilke al techo de su habitación, a la página de un diario, a una red social, a un psiquiatra, al mar?… 

¿Por qué siento que a veces cualquiera que escapa de un verdadero infierno adquiere como la serenidad de un dios?…

¿Por qué tras recibir un palo de la vida parece que nos crecen como unas delicadas alas a la espalda y recuperamos, en un arrebato de orgullo, toda la esperanza?, ¿son mías esas alas o me la presta algún ángel, otro ser, a través de una misteriosa y secreta correspondencia entre el cielo y la tierra, el mundo visible y el invisible?…

¿Por qué sueño con un pabellón en ruinas asaltado por una muchedumbre de ángeles?, ¿y por qué con ese risueño niño que me observa embelesado desde el jardín, tras la ventana, y que me ciega como si un sol se abriera paso bajo su piel, su risa insoportable, su pelo lacio y rubio, su mano como de luz blanca y caliente pegada a mi reflejo en el cristal?…

Y por qué observo a esta turba de transeúntes con los ojos vendados, alzando y zarandeando sus brazos como esperando agarrarse a algo, despegándose sus pies del empedrado, como para andar de puntillas, estar más alto, más cerca de esos niños que revolotean risueños y desnudos sobre sus ojos ciegos, huecos, blancos… Esos niños que planean como distraídas mariposas gracias a esas finas alas ocres, amarillas, rosas o de un zafiro pálido.

Esos niños que contemplan, indolentes y juguetones, a esas millones de cabezas heridas por la ceguera, la oscuridad, la presión de una venda en las sienes, los enigmáticos sonidos de un universo que presienten, ignoran, y creen que es solo una cacofonía fruto de una alucinación, un delirio esquizoide.

Y aquí, en esta calle, parecen buscar, anhelar, tal vez soñar, esa otra realidad esquiva con vanos manotazos en el aire, el ansioso pulso de sus corazones, las grandilocuentes promesas de un amor ciego, las oraciones de todas las religiones, la locura de todas las poesías, las cíclicas y fantásticas historias de toda la literatura universal, las tramas de nuestros sueños más imposibles, más ciegos, más humanos…