Oralidad y literatura son dos hermanas que durante milenios han caminado juntas, algunas veces se las ha intentado separar y hacerles creer que una es más importante que la otra, pero la única verdad es que cada una por su lado es grande, y juntas son invencibles.
Un día, perdido en ese pestañeo de los tiempos que es la historia de la humanidad, una persona se imaginó el primer relato. Con seguridad, casi en el acto se lo contó a los más cercanos, porque un relato nace para eso y más si es el primero. Sin duda, esos oyentes primigenios vieron que en aquello había algo mágico. Pienso en ese fabulador o fabuladora que sin saberlo había construido la pieza maestra de una rueda que jamás habría de parar, por lo menos mientras los humanos seamos lo que en esencia somos: un cántaro donde siempre cabe otra nueva historia.
Me da curiosidad saber cuál era su nombre, cómo fue ese proceso que lo llevó a transformarse en ese pequeño dios o diosa que cambiaría un inventario infinito de vidas.
Aquel relato inicial empezaría un viaje sin horizonte cercano que lo haría crecer, limar sus aristas, vivir en millones de voces y mentes hasta que otro buen día un ser humano hizo uso de la escritura, esa otra suerte de magia recién inventada, para plasmarla para siempre sobre unas tablillas de arcilla. Pienso también en este ser que apelando a cada milímetro de su inteligencia recogió esas voces milenarias que palpitaban en cada palabra, en cada imagen sugerida por la imaginación.
Con estas dos personas anónimas, tan importantes para la biografía de nuestra especie, empezó a recorrerse ese camino de ida y vuelta entre oralidad y literatura.
Dice Manuel Rivas, escritor gallego a quien tuve la suerte de conocer de viva presencia y viva voz en Las Jornadas del Día Mundial de la Narración Oral organizadas por MANO (Asociación Madrileña de Narración Oral), que su literatura está cimentada en los narradores orales, «en los que escriben en el aire». Cuenta él en La escuela del relato (www.elboomeran.com) que si tuviera que hablar del comienzo de su andadura literaria, tendría que hablar de una escalera. En su infancia, cuando en casa de sus abuelos maternos llegaba la hora en la que los niños tenían que irse a la cama, él se escondía tras un tabique de madera de la escalera que conducía a las habitaciones. Abajo, en el comedor, los adultos se congregaban al calor del hogar y de la palabra para narrar los sucedidos, historias truculentas, los viajes de un inmigrante amigo, en definitiva, la oralitura vivaz del día a día. Él, desde su clandestina posición, podía oír y ver a los narradores, mientras disfrutaba de ese maravilloso placer de escuchar historias.
Hay una crónica imposible que escuché en el Medellín de los noventa que decía que en una ocasión un periodista le preguntó a la abuela de Gabriel García Márquez, Tranquilina Iguarán Cotes, qué pensaba sobre el éxito de su nieto y ella, con total desparpajo, había respondido: «Lo único que ha hecho es escribir todo lo que yo le contaba cuando era niño». Como decía hace un momento, esta anécdota es imposible, ya que Tranquilina Iguarán Cotes murió en 1947 cuando Gabo solo tenía veinte años y aún ni siquiera había publicado La hojarasca (1955), su primera novela. Sin embargo, plasmo aquí este improbable suceso porque lo que sí es cierto es que todas las historias que su abuela le contaba a su nieto «para que no molestara» ejercieron una gran influencia en la literatura del Premio Nobel colombiano, algo que él reconocía y valoraba. Teniendo la certeza de esto último, quizás podríamos aventurarnos a decir que la anécdota inicialmente comentada podría ser cierta de haber vivido Tranquilina unos veinte años más.
Estas dos reseñas son solo dos muestras de ese camino de ida de la oralidad a la literatura, pero hay muchas otras, como, por ejemplo, los casos de los hermanos Grimm y Charles Perrault, o, más anterior aún, cuando un ser anónimo recogió miles de voces en doce tablillas de arcilla y dio forma a La Epopeya de Gilgamesh.
Pero el camino inverso, de la literatura a la oralidad, también ha sido un camino muy transitado. Esos cuentos y leyendas recogidos por diferentes recopiladores a lo largo de los siglos para ser fijados sobre una superficie, ya sea arcilla, piedra, pergamino o papel, han salido de ellos infinidad de veces. La literatura fue una gran ayuda para que esas historias transformadas en signos gráficos pudieran saltar del papel a la voz de un narrador o narradora y de manera oral seguir recorriendo más mentes, oídos y almas. Aquellos cuentos recogidos por los hermanos Grimm vuelven a nacer cada noche en algún rincón del mundo, entonados con la mejor voz posible por una madre o un padre. También, una mañana de primavera, esos relatos europeos crean imágenes en las mentes de los niños de un colegio, narrados por un cuentacuentos profesional que ha hecho del arte de contar historias su forma de vida, así como en el pasado lo hicieron los juglares, griots, rapsodas, bardos o hakawatis, manteniendo viva de ese modo la llama que incluso resiste al masivo empleo de las pantallas.
En mi trabajo como narrador oral son muchas las veces en las que primero escribo un relato y luego, después de dejarlo lo más pulido posible, literariamente hablando, me doy a la tarea de adaptarlo de manera oral, dando esa labor como resultado un bilingüismo que a mí me apasiona. En el año 2011 el Instituto Cervantes nos contrató a dos amigas narradoras orales y a este servidor para celebrar un homenaje a Jorge Luis Borges y nos pidieron que narráramos algunas de sus historias. Fue un trabajo arduo pero precioso extraer el alma de uno de los relatos de Borges, porque es eso lo que hace el narrador oral moderno, lee y relee el relato, lo vive, y termina por conocerlo tan bien que puede hasta identificar las fibras de su alma para luego poder compartirlo de viva voz ante un público que escucha quizás con la misma fascinación que esos oyentes que tuvo el primer fabulador anónimo de nuestra historia.
Oralidad y literatura llevan mucho tiempo caminando juntas, aunque a veces quiera separárselas. No han sido pocas veces las que he escuchado que un gran escritor también debe ser un gran cuentacuentos, mantener latente en su literatura esa oralidad que dé un relieve especial a sus palabras. Un narrador de una sociedad netamente oral no precisaría de la literatura para compartir sus historias, pero ya quedan muy pocas sociedades con esa característica y en el presente los narradores orales hacen uso de lo literario para realizar su trabajo, y la belleza de lo escrito, sumado a su trabajo de adaptación, dan como resultado una obra que puede deleitar a pequeños y grandes.
Actualmente existen encuentros de escritores, ferias del libro, así como también festivales de narración oral, encuentros de cuentacuentos, cada uno por su lado; pero a mí me resultan más interesantes esos en los que se juntan la literatura y la oralidad, como es el caso del Festival Internacional del Cuento, que se realiza desde hace veintiocho años en Los Silos, Tenerife, donde su director, Ernesto Rodríguez Abad, además de escritor, es narrador oral.
La literatura y la oralidad son dos hermanas que trazan siempre un camino hasta el corazón. Construyen un puente con las palabras, unas plasmadas en el papel y otras en el aire, y cuando van juntas son capaces de guiarnos hasta ese lugar donde tiemblan de emoción los espíritus.
